Hay que parar las masacres

Alfonso Gómez Méndez.

El país no puede seguir indiferente ante el alarmante deterioro del orden público reflejado en masacres, asesinatos selectivos de desmovilizados y líderes sociales, crímenes contra soldados que participan en erradicación de cultivos ilícitos, feminicidios y, para rematar, de nuevo desplazamientos forzados..

Para ocultar la gravedad de este fenómeno son inaceptables los eufemismos. Esa indiferencia se refleja en que solo nos ‘pellizcamos’ ante imágenes conmovedoras y atroces como la de los niños brutalmente asesinados, al parecer por intolerancia –delito que por suerte anda en vías de esclarecerse, por la acción combinada de Policía y Fiscalía–, y los ya casi diarios levantamientos de cadáveres en Nariño, Cauca, Chocó, Catatumbo, Bajo Cauca antioqueño, Huila o Córdoba.

Ya pocos recordamos el desgarrador cuadro del niño de 9 años –¿qué será de él?– que presenció el asesinato de su madre, María del Pilar Hurtado –valerosa líder afrodescendiente– en Tierralta, y nacida en Puerto Tejada. Y eso es lo habitual: que la impresión de un crimen es tapada por otra igual o peor.
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